Gutiérrez, siempre de corbata y camisa a rayas, trabaja -hace años- en una empresa donde, debido a nebulosos robos, han decidido emplazar dos guardas provistos por una empresa de seguridad privada, en la recepción del edificio.
En un principio los guardias se ocupan de pedir credenciales a la entrada, cosa que a nuestro oficinista le resulta razonable y ético. Pasado un tiempo (y sin que medien nuevos hurtos) las directivas cambian y la empresa exigen que los empleados sean palpados de armas. El calmo empleado no siente problemas en que esto pase, en definitiva él no lleva armas, así que qué problema puede haber.
Van pasando el tiempo y la rutina tiñendo de maquinalidad los rituales de la recepción. Un día como cualquiera, le exigen ver el interior de los bolsos a la finalización de la jornada laboral y un tiempo después a la entrada también. Gutierrez colige que esto es algo positivo, él no lleva nada vergonzoso y además no roba, así que no le molesta mostrar el interior de su portafolio.
A los dos años, ya no solo se revisa el interior de los bártulos, sino que los guardas embargan cosas alegando que pertenecen a la empresa. Nuestro protagonista, empleado gris y anónimo, admite secretamente que es un exceso, pero no quiere perder el trabajo, ni que lo tilden de comunista y por más que lo maltraten y le descuenten del sueldo robos dudosos, es trabajo y las cosas no están para hacerse el loco porque, en definitiva, es una locura reclamar.
Cada vez
El Noi