jueves, agosto 09, 2007

La Guerra del Perro (capítulo 2)

“Qué quiere” dijo la mujer, sin ni siquiera esbozar un tono de pregunta más si de desconfianza. Se notaba que formulaba la frase simplemente por trámite, que atrás de esa presunta ignorancia en realidad había una certeza, que se transparentaba en la mirada de desprecio que lo seguía recorriendo de pies a cabeza.

“Tengo a Chicho” anunció acomodándose los pocos pelos que le quedaban e hizo ademán de entregarle a Trotskyto que, aún desmayado, zarandeó la cabeza de un lado a otro.

“Mi perro es un dálmata” dijo la mujer con una mirada filosa entre desconfiada e irónica. Rulfo se dio cuenta que aquello era inapelable: era más fácil hacer pasar a su perro por un cobayo que por un dálmata. Sin embargo prosiguió, pues necesitaba la plata:

-“Escucheme, no puede no aceptar a su perro... por más cambiado que usted lo encuentre”

“¿Cambiado? Ese no es mi perro señor” y le mantuvo la mirada...

“Señora, este es Chicho, no me lo puede negar”

“Cómo no voy a poder! Ese no es mi Chicho, mi perro es un dálmata le dije! ¿A usted le parece que guarda algún parecido este cuzquito con un dálmata? Ni manchas tiene!”. Conciente del imposible pero tozudo Rulfo espetó:

“Señora, no quiero pensar que usted no me acepta a su perro”

“No me importa lo que piense, va a tener que entender igual: mi perro es completamente diferente, le agradezco se haya acercado pero no es” y la mujer hizo ademán de cerrar la puerta. Dispuesto a todo, Rulfo tiró un manotazo de ahogado y otro sobre la puerta -Trotskyto bamboleaba la cabeza-:

“Señora, si usted no me acepta a Chicho, voy a entender que usted esta abandonando a su perro y voy a tener que denunciarla por ello”

La mujer quedó congelada, nunca jamás la habían denunciado por nada, pero más la sorprendia que le saltaran con eso..

“Usted está borracho no?" y como si hiciera falta aclararlo agregó: "yo no puedo abandonar lo que nunca tuve, por favor no me moleste” y cerró la puerta.

“Usted lo que no tiene es corazón!” gritó Rulfo. Desde dentro la mujer le respondió:

“Usted lo que no tiene es vergüenza, váyase o llamo a la policía”

“El que va a llamar a la policía soy yo, usted está haciendo abandono en vía pública de un animal indefenso". Ni bien terminó de decir esas palabras, se sorprendió a si mismo, era un caso perdido y tampoco es que fuera tan necesaria la plata. Pero había algo en él que lo hacía querer seguirla esa situación: esa mujer le recordaba a su madre.

miércoles, agosto 01, 2007

La Guerra del Perro (capítulo 1)

Al Negro Fontanarrosa.

"Será posible que algunos tengan tanto y otros tan poco?", dijo, mientras apuraba un pedazo de bondiola mirando el río y -usando una de las pocas convicciones que le quedaba de cuando militaba en el PC- se indignó vagamente. Rulfo era de esos hombres que de a poco había ido cambiando sus dudosos ideales en el banco por billetes más chicos o por monedas. No era precisamente una mala persona, sino alguien a quién, simplemente, el fin de la historia lo había afectado mucho antes que la caída del Muro de Berlín, era más resentido que rencoroso.

Tenía sesenta y cuatro años y por cierta convicción pariente lejana del anarquismo primero y luego porque -lisa y llanamente- jamás le había preocupado, Rulfo aportó nada a la Caja de Jubilaciones y pasó sus años vendiendo importados en el Once, libros para colorear en el colectivo y, finalmente, manejando taxis ajenos había llegado a su actualidad, viviendo indecentemente pero sin penurias; sin pensar que la vejez era algo que no se podía postergar dejando de pensar en ella.

Por su vida habían pasado tres esposas: la primera una compañera del partido que hoy era diputada de la ciudad, la segunda una artesana de Plaza Francia y la tercera una empleada del sindicato de taxis (con la que tuvo un hijo), fallecida al caer en un pozo séptico. Según su madre, Rulfo era un bohemio, pero leyendo entre líneas se adivinaba que el término "bohemio" estaba usado como sinónimo de "sucio". Bastaba una rápida comprobación visual para entender esto: La camisa blanca con el cuello y las axilas con un color amarillento, los mismos jeans medio engrasados, los zapatos deslucidos...

Esos días de Agosto lo encontraban viviendo en un departamento mugriento de Lugano, que le había quedado en herencia de su tercer matrimonio, junto con Trotskito, un perrito negro de patas cortas, medio deforme, disfónico y muy feo. Tan acostumbrado estaba a su vida, que al volver de sus doce horas de taxista no olía nada en especial, cuando lo salían a recibir un tufo hediondo, hijo de más de veinte años de cigarrillos negros, frituras, mugre, olor corporal y humedad.

Ese día había vuelto medio risueño: aunque a su modo se había vuelto uno más, aún seguía manteniendo ese desprecio hacia la clase media tan característico de algunas izquierdas, que lo hacía mirar sarcásticamente ciertas costumbres burguesas, entre ellas esa grasada de escribir en primera persona los cartelitos de perros perdidos, como si fuera el animal mismo quien hablara.

"Mi nombre es Chicho, tengo 14 años y extraño mucho a mi mamá" retumbaba en su mente. "Qué ridícula", decía entre risas, "¡Además, pagar esa cantidad de guita por un perro!"… Rulfo sabía esto, porque mientras almorzaba en un carrito de la Costanera, esa mañana, había llamado preguntando cuanto ofrecían, y una joven desabrilda, a la menor insinuación, había resbalado la cifra.

"Es buena plata" cavilaba mientras cenaba un paty medio grasoso con unas papas fritas. "Si pudiera encontrar ese perro" "Ay ay ay" y miraba fijamente a Trotskyto y masticaba y miraba a Trotskyto que jugaba con un hueso de aquel asado de navidad en el sindicato y agarraba unas papas y miraba a Trotskyto… ¿Y si le llevaba su perro y lo hacía pasar por Chicho? No había foto en los afiches, las deudas le apretaban el gañote y perdido por perdido podía así también deshacerse de ese animal que, si bien quería, también le traía remordimientos de su última esposa.

“Hola, buen día” dijo a la mañana siguiente “disculpe que la moleste, pero creo que tengo a Chicho” y no dijo más. Lo atendió la misma muchacha y ni siquiera le preguntó cómo era el perro, solo se limitó a darle la dirección, a un par de cuadras de la plaza Devoto.

Rulfo apuró unos mates y salió con Trotskyto. Ni siquiera lo peinó o lo bañó. Uno podría pensar que eso se debía a una cuidada estrategia para hacer creíble que el perro había estado en la calle, pero no: Rulfo no lo bañaba porque no quería. Seguramente si el can hubiera podido sorprenderse, lo hubiera hecho gratamente: hacía casi un año que no veía la calle. En las márgenes de la vereda los esperaba el Dacia cachusiento, primo gemelo del Renault 12, que el hijo de Rulfo había dejado cuando huyó de su casa. El viejo, que se había cagado de risa de Jorge Donn cuando se enteró que su hijo se había ido como monje al medio del Tibet, en realidad no podía reírse mucho porque el Fabián se había enrolado como cocinero en un buque pesquero con bandera del Zaire.

El coche corcoveaba cíclicamente con un rebuzno horrible, estaba vencido para un costado, y como la palanca de cambios estaba mal, iba a no más de veinte. Además se le estaban jodiendo los frenos de tanto usarlo como un karting... Hacía un calor de locos y ni pensar en aire acondicionado, si ni siquiera podía usar la radio: el motor zumbaba hipnóticamente, tapando cualquier sonido, inclusive los de la calle. “Maldito coche” dijo, secándose la transpiración y estacionó en la plaza Devoto, si la vieja lo veía bajar de ese auto quien sabe si le abría la puerta. Quizá como un presagio, tal vez como un aviso, cuando bajó del auto Rulfo pisó mierda de perro y, además, advirtió que el pobre perro estaba desmayado.

Continuará...

lunes, julio 23, 2007

Yo, nerd

Durante toda la secundaria fui un nerd, pero no por vocación, sino por solidaridad. Puede sonar raro pero es así. La adolescencia, territorio de la rebeldía, exige siempre que tomes partido por una vereda o por la otra. Sin embargo, los noventa de mi segunda década de vida eran los tiempos del fin de la historia, del final de las ideologías revolucionarias, la era del destape, de la captación definitiva del rock por parte del capital con su MTV, su Billboard, sus rankings masivos, su consumismo y su merchandising. Paradójicamente, hacerse el rebelde era estar con el sistema, serlo verdaderamente era algo muy distinto.

Yo, a mis quince, prefería darle bola a “las cosas de viejo” no encontraba mi lugar en la noche, renegaba de los boliches, los tragos y las transas, sentía rechazo por ese mundo oscuro, aunque también debo decir miedo. Si bien estudiaba solo lo suficiente como para aprobar, y no era un alumno brillante, no podía dejar de sentir un poco de desprecio por ese síndrome de manada de mis compañeros. No podía entender por qué decían que el tango es triste cuando todos los sex symbol musicales de mi secundaria hablaban en sus letras de vidas torturadas, amores terminados y grandes dolores. Me daba cuenta que tenían esas opiniones porque la música que yo escuchaba no estaba de moda, pero que si llegaba estarlo iban a ser hasta más fanáticos que yo. Opinaban sin oir, mientras que yo sí escuchaba la música de ellos (estaba en todos lados). Yo me animaba a decir que no me gustaban los boliches aunque no fuera políticamente correcto decirlo.

No lograba encajar en ese mundo, donde mis congéneres rehuían hablar del Amor y se inclinaban en ufanarse de la cantidad de minas que habían besado en una sola noche, ni me esforzaba por intentarlo. Me dolía esa actitud de la gente que cometía abuso de poder sobre los que pensábamos distinto. Esa tiranía de los reveldes que, como todo absolutismo, abusaba de las minorías. Ese abuso que yo veía era el que me llenaba de bronca, el que me llevó a abrazar la causa de esos compañeros a veces tímidos, a veces feos, un poco aparatos y border, pero gente, gente con corazón, gente buenísima que debía soportar todo tipo de escarnios por animarse a saber cosas que los no nerds no sabían. Ante tanto fundamentalismo, también yo respondía con la misma moneda.

Si bien todos pasamos nuestra propia era de la boludez, me dolía ver como la mayoría era jauría, como la mayoría eran pseudos punkitos con el acento finito, que fingían ser chicos malos. Como toda esa estética indumentaria y musical no eran más que una simulación de épocas pasadas donde para ser rocker y desalineado realmente había que ser valiente. Porque lo que no sabían esos compañeros era que los próceres de la cultura a la que ellos decían pertenecer, eran tipos instruidos, que antes que nada eran músicos con una sabiduría notable, con una rebeldía que pasaba por la instrucción y no por la destrucción. Me jodía redondamente que del Indio Solari no tomaran también la otra parte, la del estudiante de filosofía durante la dictadura, del tipo leído y con una cultura más propia de un ratón de biblioteca, o que de Morrison solo quedara su descontrol y no su interior.

En los nerds yo veía la verdadera Rebeldía adolescente. Escuchar rock, dejarse el pelo largo, fumar en la esquina, llevar arito, vestirse (cuidadosamente) descuidado y emborracharse, pensaba, no exige ninguna valentía, al ser lo socialmente aceptado para la edad. Pensaba que animarse a estudiar, a leer, a debatir sobre política, a amar una mujer sobre todas las demás y animarse a escuchar también a los más viejos, era la verdadera Vanguardia. De alguna manera, los nerds fueron los antisistema de estos últimos veinte años, me daba vergüenza que mis compañeros no supieran los nombres de la clase política chorra que les estaba robando el futuro, que sentados en alguna esquina cualquiera no supieran cómo los estaban jodiendo toda esa caterva de mierda del menemismo y que ni siquiera se les ocurriera pensar en cambiar el mundo.

Durante mucho tiempo yo renegué de todos estos sentimientos, sentía que estaba en desventaja con el mundo por no haber adherido a “la naturaleza de un adolescente común”. Sin embargo hoy quiero dejar huella y marcar mi pensamiento: Hace falta un reconocimiento a esos pibes que, como yo, veían la vidriera desde fuera, porque ese cuasi nazismo fashion de las marionetas los dejaba fuera. Yo, que tuve mis noches de joda más de grande, pero con la conciencia para disfrutarlo, sabiendo que lo hacía porque yo quería y no porque me lo imponía nadie y que tuve que luchar mucho para salir de ese ostracismo al que, lamentablemente, me había adherido y resignado, quiero decir que no reniego de esa época, porque a pesar de todo no hice otra cosa que intentar expresarme y decir “loco, las cosas también pueden ser diferentes”.

No les voy a negar que me trajo inconvenientes haber sido un nerd, que todo me costó mucho más luego, y que tampoco me salvé de ser yo también muy prejuicioso y selectivo, pero tenía todo el derecho del mundo de disgustar de una cultura que era bastante descarnada y cruel. Mi mundo y el otro no eran más que dos polos, dos extremos y por tanto ninguno de los dos fue enteramente bueno. Abogo y soy partidario de que en la adolescencia haya extremos pero no extremismos, ni nerds ni burros. Que nadie crea que para disfrutar la noche, la joda, el sexo, el alcohol hace falta renegar de la educación y la intelectualidad, pero que tampoco nadie piense que para disfrutar del goce del pensamiento y el conocimiento es estrictamente necesario ser un fundamentalista antiboliche. Se que no descubro nada con esto que digo y admito que algo de desconfianza me quedó de ese otro lado. Pero entiendanme: es natural que ante tanto desprecio recibido uno se defienda y se vuelva un poco artero. Los años, afortunadamente, me han presentado un montón de gente de “el otro lado” que son excelentísimas personas. Así que si me permiten voy a organizar mi semana, este miércoles cumplimos un año y medio con mi Amor, y quizá le regale un libro y luego vayamos a bailar.

Permiso

jueves, julio 05, 2007

Los primeros días

A Miguel Gila


Hace unos años tuve una revelación; Una suerte de epifanía: escuché un monólogo de Gila. Allí el ilustre madrileño contaba que cuando nació, su madre no estaba en casa y que tuvo que arreglárselas solo. Menudo problema de mucha gente que no es el mío. Son muchos los hijos de madre ausente y los hijos de mala madre. Pero de esos no soy yo, muy al contrario, a mi madre le quiero mucho, pues es muy buena gente. Sin embargo me dejó pensando en las circunstancias en que yo nací. De pronto quise recordar mis primeros años, esos que se dan antes de aprender el castellano.

La historia que paso a contarles obedece a la más pura verdad y se tratan de mis más íntimos y antiguos recuerdos y sensaciones, sepan entender. La razón de mi demora en publicar es la redacción de esta nota, ni más ni menos: sucede que como son cosas que rondan mi memoria desde cuando era un bébe (la gente fina dice así, “bébe”, como dando una orden al sediento) debí traducirlas del idioma pre alfabético al español. Todo un desafío.

El idioma de los bebes ( el pre alfabético) es complicadísimo: para hablarlo uno debe babearse, gritar, mover los brazos y las piernas a la vez y llorar, llorar mucho. Lo cual no habría sido tan complicado si no hubiera sido por el pequeño detalle de que en casa se preocupaban bastante al verme en esos comportamientos. Imagínense un hombre de barba, joven, pero con barba, sentado frente al ordenador pataleando, cayéndosele la baba, aparentemente sin sentido, durante tanto tiempo.

La mayoría de los que leen estas notas deben haber nacido en ese espanto horroso llamado “década del ochenta”. Así que por ende sabran que, en esos años, aparte de vestirse muy mal, la gente no podía saber tu sexo hasta que nacías, salvo que tuvieras una abuela o tía de esas que con una cadenita y un anillo de oro sabían adivinarlo. Por eso mucha gente tejía escarpines amarillos y te compraban ropa neutra: para no ensartarse. Hay que entender, en ese entonces estaba La Mala (bueno ahora también, que va) y había que hacer mucha economía de los gastos. Por eso mis padres, que trabajaban mucho pero podían gastar poco, había arreglado con la cigüeña que me trajera el seis de enero, cosa que en un mismo regalo pudieran representar mi cumpleaños y mis Reyes.

Se que es difícil enterarse, ahora de grandes, que a los niños los trae la cigüeña. Para mi también fue complicado, y puedo entender que no me quieran creer. Sin embargo, es la más cruda realidad esto que cuento: hube de hacer un gran trabajo de introspección, y no en vano ahora voy a develar esto que los medios ocultan, contándonos cruentas historias de que el niño nace por un lugar tan pequeño. Todo es una historia que seguramente la inventó algún Papa para que la gente tuviera miedo de tener hijos y no tuviera tantas relaciones sexuales.

La suerte estuvo de mi lado. Las cigueñas, como todos los animales saben guiarse solo por la posición del sol en el horizonte, no tienen reloj, y todos los días que precedieron a mi arribo a Buenos Ayres estuvieron nublados. Así fue que el pajarraco, se confundió y me trajo un día antes, dejándome sobre uno de los miles de repollos que los médicos y enfermeras ponen en las terrazas de las maternidades Es todo un sistema, les diré, muy moderno, eh. La cigüeña aterriza pone al bebé dentro del repollo con el nombre de los padres y se marcha. Luego viene una enfermera y lo lleva con los padres. En otros lugares no anda tan bien el asunto: las cigüeñas deben entrar por el hall de entrada y aguardar en la sala de espera hasta que les toque número y venga una enfermera con un repollo o una planta de lechuga, (dependiendo del nivel de la maternidad) lo cual hace todo muy lento, incluso a veces sucede que algunas cigüeñas se van y le dejan el o los bebés a gente extraña…


Pero no las acusen de irresponsables. El problema es que no hay leyes laborales adecuadas para las trabajadoras aves que nos traen al mundo. El sindicato Cigüeñal está lleno de carneros, paradójicamente, y los empleadores las explotan con jornadas de doce horas y con entregas de diez bebés por hora, la cuál se denominan “score de hora / bebé”. Antes por ahí no les exigían tanto pero siempre vivían muy apuradas. Es por eso que la cigüeñas son grandes consumidoras de ansiolíticos y muchas sufren de stress y depresión. Si tienen las patas rojas es por lo mucho que trabajan, no por la pigmentación.

También está el caso de un amigo mío que tuvo que venir en paloma, porque estaban todas las cigueñas desbordadas, a raíz de que las empresas de transporte natal no tomaban más empleados. Pero las palomas son a veces un poco tontas, y la que traía a mi amigo se olvidó de llevarlo con los padres y se lo llevó con ella. Así fue que mi amigo vivió dos años en Plaza Flores comiendo miguitas que le tiraban los viejos y viviendo en un árbol. Incluso se había hecho amigo de unos murciélagos y se metía en los taparrollos de los departamentos cercanos. Será por eso que ahora es el roñoso que es. Así hasta que un día el guarda parque se dio cuenta del error y se lo llevó. “Ya me parecía que no eras paloma, hace dos años que estaba con la duda” dijo el tipo.

Volvamos a mi tema. Una de las cosas que más me llamaron la atención cuando me llevaron a mi casa fueron las puertas. No las puertas que daban a la calle pero sí ciertas puertas que separaban ambientes, no alcanzaba a entenderlas, es que siendo niño no tenía noción de la privacidad, por eso es que me dejaba sacar fotos desnudo, e incluso que me cambiaran sin decir “che respeten el pudor”. Es más: Cuando mi padre se iba al trabajo yo creía que le bastaba con traspasar la puerta para entrar al otro lugar, como si fuera una suerte de tele transporte. Era una teoría que había construido de ver abrir los armarios, sacar algo y volverlo a cerrar: siempre sacaban algo distinto y en ocasiones ¡metían una cosa y sacaban otra! Había algo de magia ahí! Como el caso del inodoro, que al año de haber llegado, y durante gran parte de mi infancia, me fascinaba porque uno tiraba cosas, bajaba la tapa, apretaba el botón y al rato ¡ya no estaba! Si dejé los pañales fue exactamente por eso, porque no tenían nada de extraordinario, lo que uno dejaba, allí quedaba, más en ese entonces que eran de tela.

Otra cosa que me lsorprendía eran las viejas. Como las primeras personas adultas que yo había visto tenían todos los dientes (o a lo sumo un barbijo), me llamaban la atención esas mujeres mayores que tenían la boca igual que yo, no podía ser… Incluso recuerdo a una señora de una casa de galletitas, que me caía muy bien porque solo tenía los dientes de adelante como Buggs Bunny. Yo la saludaba y me reía y la pobre mujer se emocionaba porque nadie la saludaba, y porque nadie le entraba a comprar. También me sorprendían porque todas me decían las mismas cosas: “Angelito de Dios” “Parece el Niño Dios”, “Qué Angelito!” En fin…

Sin embargo, si tengo que elegir una cosa que me subyugaba en esos días era la diversidad. En la nurserie, éramos todos muy parecidos (salvo el caso de uno que tenía pelos en la cara) y me resultaba increíble que los adultos fueran todos tan distintos. Por eso me gustaba más viajar en colectivo que en el coche. Viajar en bondi era comparable a lo que más tarde significó ir al zoológico. Había miles de caras, que subían y bajaban. El mundo se me revelaba como un lugar lleno de seres extraordinarios, los había muy gordos y muy flacos, gente con cara cómica y gente con cara de Calabró. Señores con unos pelos terribles entre la nariz y la boca. Ojos negros, claros, había africanos, también gente que reía y tenía los dientes amarillos, caras feas que luego aparecían en sueños y me hacían despertar en la madrugada…

Es mentira que los bebés hablan entre ellos, en realidad con los otros bebés nunca te entendés. Por eso cuando sos un recién nacido ni hablás con tus colegas… es que cuando uno nace, como antes decía, nace sin inhibiciones ni preconceptos, y no le interesa pasar por cortado. Aparte tampoco conoces la incomodidad de los ascensores, lo cual es una ventaja… Esa idea que impusieron los de “Mira quién habla”, es una patraña, cuando venís al mundo venís con lo puesto, y decís lo primero que se te ocurre. Con el tiempo más o menos vas armándote un idioma que luego reemplazas por el que hablan tus viejos solo porque te hartas de que no te entiendan. Porque te das cuenta que el día de mañana cuando quieras pedir una pizza te van a traer cualquier cosa menos lo que vos queres. Porque pedir una mamadera y que te traigan un oso de peluche es algo, la verdad, terriblemente frustrante.


Permiso...

martes, junio 12, 2007

Recuerdos de infancia

Entre los diez y los quince años fui un pibe de parroquia. No me avergüenza decirlo, al principio impulsado por esa fé tan limpia de los niños y luego por ese credo algo equivocado que postula que cualquier lugar lleno de gente joven está lleno de minas para levantarse.


De chico me cautivaban todos los ritos de la misa, porque yo creía lo que veía, yo sentía que no era un simbolismo sino que, realmente, el vino se transformaba en sangre y hasta sentía un poco de asco de pensar que luego la bebían. Recordaba la explicación con que mi tío Sergio me mintió sobre el método de fabricación de morcillas; pensaba en cómo quedaría aquel pobre hombre, que encima de no poder casarse debía tomar todos los días un vaso de sangre. Y por favor no quiero que nadie tome esto por un sacrilegio: es el sentir exacto de un chico ante los misterios del dogma.


Yo entraba a una parroquia y sentía que Dios estaba ahí, en ese silencio inmenso surcado de bronces y santos y vitreaux. Todavía no entendía lo de la omnipresencia; ese misterio que, al comprenderlo, me hizo preguntarme para qué la gente se iba caminando hasta Luján, si en su comedor, o al pie de su cama podía hallar también cobijo a su fé. Yo creía que dentro de una iglesia no se podía mentir ni engañar. Que la beatitud del aire era un antídoto contra la flojera y las malas costumbres. Así pensaba, hasta que llegó el 25 de agosto de 1991 por la mañana.


Ese día la catequista me llamó aparte y me dijo que si podía salir al kiosco a comprar dos velas para hacer una “espiritualidad”. Me dio un billete de mil australes (ese que tenía la cara de Roca peinado como el Drácula de Brian de Palma), me dijo “que Dios te bendiga” y a mi se me infló el pecho de orgullo. Salí corriendo, presuroso de cumplir con el mandado: yo quería ser monaguillo, es hora de reconocerlo, y era un firme candidato, por Dios. Ese voto de confianza significaba que sería yo y no el negro Ochoa quien estaría al frente de todos en la misa, como un rockstar. Evidentemente eran otros tiempos, a pesar de todo uno pensaba que el cura, a lo sumo, se apretaba una casada en la sacristía, nada más…

Para salir a la calle debía pasar forzosamente por el interior de la Iglesia, que a esas horas tenía sus inmensas puertas abiertas al público, generalmente a venerables ancianas que iban a rezar de pasadita mientras hacían los mandados. Cuando estaba por salir, de repente vi salir al Padre Pablo, saliendo de uno de los confesionarios. Siempre me había preguntado como era el interior de esas cabinas telefónicas con Dios, donde el Cura era el operador que te comunicaba a larga distancia. Me preguntaba si tendría algún cable, si en ese momento entraba en trance y uno hablaba directamente con el Cielo, si tenía almohadón en el banquito, si había un estante para apoyar un vaso de algo, si era verdad que existía la boca de un túnel que daba al averno.


Todas esas preguntas de siempre se cruzaron por mi cabeza: y estaba el confesionario abierto, y nadie había en el lugar. Era mi oportunidad de averiguarlo, de descubrir lo oculto, eso que no había podido ver desde fuera la vez que me confesé. Entonces rápidamente, sin pensar en las velas que debía comprar, me metí dentro y cerré la puerta… Era el día más importante desde que había empezado con la catequesis el año anterior. Yo sería el dueño del secreto, el único capaz de decir que había realmente ahí dentro y lo más importante: el único capaz de mentir sobre lo que había allí para impresionar a las niñas, y con el aval de la aventura para que me creyeran…


Lo primero que descubrí fue que había un fuerte olor a humedad; como si uno metiera la nariz dentro de la boca de una guitarra vieja y mal atendida. El asiento no tenía almohadón y la tenue luz de los vitreaux entraba por el esterillado de la ventanita donde se oían la confesión. No era gran cosa, la verdad, estaba decepcionándome bastante, como la vez que abrí el cajón con llave que mi abuelo tenía en su escritorio o cuando entré con mi vieja al cuarto oscuro: la realidad siempre es más conservadora que la mente de un niño. Entonces sucedió, cuando estaba por irme senti unos golpecitos y el crujido de la madera: alguien se había acodado afuera buscando la redención de sus pecados.


-Ave María Purísima- fue lo único que se me ocurrió decir, poniendo la voz gruesa recordando la fórmula que le había oído decir creo en una película vieja…


-Sin Pecado concebida- respondió una voz cascada y con algo de temerosa dulzura agregó:

--Padre, he pecado

En ese momento el corazón me dio un respingo: supe que había una persona, dispuesta a abrirme su corazón, a punto de contarme sus bajezas, que era ella la que ahora ocupaba el lugar de niño y yo el lugar de adulto. Sin haberlo buscado se me abría otra puerta, otro misterio quizá mayor que el interior de un cuartito de madera o un cajón cerrado con llave: el alma de un adulto, siempre tan perfectos, tan modelos, tan morales… Por un momento estuve a punto de salir corriendo, sin embargo pudo más mi curiosidad y no sin cierta malevolencia le pedí que me contara lo que había hecho.

Las cosas que contó me las reservo, pues son secreto de confesión, yo la escuchaba sorprendido: qué parecido era el interior de esa mujer entrada en años con las inquietudes de una criatura. Sucede que, de chico, pensaba que había una suerte de “clic” entre los 15 y los 20 años con el cual tu mente cambiaba y te hacías adulto. Recién cuando voté por primera vez, cuando di mi primer beso, cuando vi que en ocasiones yo podía razonar mejor que mis padres, pero que seguía teniendo muchos de los miedos de la niñez, descubrí que en el fondo uno no deja nunca de ser un niño, que en el fondo la única clave de la adultez es la experiencia y el don de mundo; que el miedo, la malevolencia y la necesidad de protección seguían pulsando las cuerdas igual, solo que uno tenía otras herramientas para acallar sus voces. Un adulto es un niño encerrado en un cuerpo mayor, con mayor experiencia y con la ternura mayormente reprimida, nada más, no existe ningún bisturí que te separe de la infancia, porque eso significaría morirse como una planta.


Una vez que terminó, me quedé un rato en silencio. Sentía su mirada intentando verme a traves de la esterilla, semblantearme, Le dije que rezara veinte padrenuestros y cinco avemarías con un brazo levantado, solo por darle un toque humorístico a una travesura que prometía más de lo que resultó, aunque careció completamente de sentido y de gracia.


Aún hoy, con mis veintiséis años encima, con tantos años de ateo y un par entre la sombra y el sol, me pregunto si no habrá un alma más en el infierno, gracias a mi descaro. Si será tan estricto el paraíso en caso de existir, como para no permitir su ingreso por un pecado tan grave pendiente de perdón. Sin embargo, y esto no es por justificarme, creo que de alguna manera la penitencia fue en realidad el hecho mismo de llevar ese secreto guardado toda su vida solo por no lastimar a la persona perjudicada. Quizá ese gesto mismo, pleno de valentía, fortaleza y altruismo, también haya sido su expiación. Al menos sería lo más justo.

martes, mayo 29, 2007

De condiciones familiares e ideologías políticas

Todos los hijos de padres separados son o terminan siendo bolcheviques, psicobolches o anarquistas” disparó el Diestro. Así, sin anestesia, con esa impunidad sin buenas tardes que tiene a la hora de enunciar sus frases. Entrecerró los ojos y echó una bocanada de humo. “No falla” sentenció y se quedó mirándome como midiendo mi reacción, disfrutando la osadía incómoda de su capricho.

“Eso es un disparate grande como una casa, boludo. No todos los zurdos son hijos de padres separados”. Y agregué enojado mientras miraba la ventana: “dejate de joder”…

“No, seguro, pero si bien no todos los anarcos son hijos de padres separados, todos los hijos de padres separados son anarcos” y me pareció que sonreía.

A veces me da la sensación que el Diestro es, como Borges, un provocador. Todo el mundo sabe que Borges no podía ser racista como decía ser, porque tantos años de ceguera le impedían recordar como era un negro. Podía refutarle con mil ejemplos distintos que había un montón de hijos de padres divorciados que ni siquiera tenían militancia política, pero pudo más mi curiosidad… entonces lo dejé seguir:

“Mirá, la cosa es que los hijos de divorciados son gente que casi no cree en la familia como institución, porque en el fondo creen que es la culpable de sus desdichas posteriores y que, por ende, esta sociedad no puede funcionar y hay que cambiarla… El motor de todos sus actos es la bronca, por eso prenden fuego todo”

Le tiré un palo enjabonado a ver como se arreglaba, juro que en ese momento yo sentía ganas de afiliarme a algún partido revolucionario solo por contradecirlo:

“Bueno pero tal vez pase que les guste ser bolches, y que en vez de bronca sientan alegría, che…”

“Esa gente (que son los menos), Mariano, cree que gracias a su familia disfuncional pudo llegar a la verdad, a la felicidad, que gracias a la ruptura de su hogar hoy son felices. Lo celebran casi como una caída de la hipocresía, entendes?”

“Bueno pero entonces”, objeté, “el motor de lucha de esas personas no es la bronca precisamente y eso no lo estás teniendo en cuenta”

“¡Error!”, dijo eufórico, “los bolches alegres son gente que quieren que todos sean felices como ellos y sienten que esta sociedad le impide obtener la felicidad al resto del pueblo, esa es la fuente de su furia”

“¿Y por qué hay algunos que se tapan la cara?” le dije burlón

“Porque como los padres viven en hogares distintos, hay más posibilidades de que los reconozcan en la tele... y se llamen por teléfono para avisarse de la nueva, y que palabra va palabra viene se terminen reconciliando”

Ni siquiera le respondí, simplemente lo miré entre sorprendido y expectante. Me olvidaba que tiene respuestas para todo. Cuando el Diestro lanza una de sus teorías, como dije la vez anterior, el deleite es ver para donde dispara.

“Es gente a la que les parece indignante la estructura misma del concepto ‘familia”, dijo. “Ellos ven en el padre el autoritarismo represor del Estado y en la madre a la falsedad de la moral burguesa, que te enseña que esta mal mentir pero que cuando la llama la amiga pesada, te hace negarla tres veces por teléfono. El hijo, como te imaginarás, simbolizaría a las masas oprimidas…”. Pitó su cigarrillo largamente con un ademán excesivo y miró una chica de vestido rojo que pasó frente a nosotros. Se sentía triunfante.

“¿Y qué vendrían a ser los Abuelos entonces? ¿El Club de París?” le pregunté maliciosamente.

“No me vengas con pavadas” espetó. “Sabés muy bien que tengo razón, los hijos de padres divorciados son todos marxistas”

“O sea que, guiándome por tu teoría, puedo aventurar que los chicos de familias católicas, aparte de tener alta presencia en las parroquias y de vestirse con jeans viejos, buzos de frisa y zapatillas topper o Nike Feraldi, serían demócrata cristianos?

“Brillante” dijo el Diestro, y apuntándome como el Tío Sam con su cigarrillo, agregó: “y las pibas que escuchan radio Disney son todas de ultraderecha”

Después hubo que volver al trabajo y no se habló más del tema.

martes, mayo 15, 2007

Abstracción

Resulta que un Oficinista, que deseaba con urgencia misericordiosa sus vacaciones, puso como fondo de pantalla en su pc una foto de un atardecer en el mar: El sol se hallaba a mitad de camino entre el ábside del cielo y los primeros escalones del horizonte.


Días después, tratando de escaparse de la ensordecedora marimba de ires y venires, tomó sus dos manos, las curvó hasta formar una especie de binocular y las apoyó sobre sus ojos. De esa manera solo podía ver el atardecer, prescindiendo del monitor, de su escritorio, de sus compañeros, y de toda la oficina.

Largo rato quedó el hombre mirando, embelesado por esa vista exótica y profundamente natural. Los sonidos que lo rodeaban fueron desapareciendo a merced del ruido de olas que iban y venían en su imaginación, cada vez más fuertes, más sonantes. Surgieron sonidos nuevos: a lo lejos unos tambores, más cerca el murmullo sosegado y placentero de otras personas; desde la izquierda una música que invitaba a bailar. Desde la derecha, cada vez más débiles, crepitaban aún algunos sonidos de la oficina, hasta que desaparecieron...

El sol siguió bajando, las luces del cielo se tornaron de un violeta majestuoso, mientras nubes naranjas se quedaban con los últimos girones de sol. La música se hizo más cadenciosa, más provocante: sonaban timbales con su sonido seco y agudo. Hubo risas y, de pronto, aplausos. El oficinista bajó sus manos, vio sus pies enterrados en la arena, y una bebida. Miró hacia donde venían los aplausos, allí vio cinco mujeres bailando. Sin más se levantó y se dirigió hacia allí. Ni siquiera recordó su Oficina y tampoco se preguntó dónde estaba.

Cuatro

Despues de mucho tiempo acá estoy. ¡Si! No me olvidé de que atrás de esta ventana hay gente que sig...