domingo, abril 13, 2008

Cuatro

Despues de mucho tiempo acá estoy. ¡Si! No me olvidé de que atrás de esta ventana hay gente que sigue pasando a ver en que anda este tipo un tanto neurótico que vengo a ser yo.

Perdón por no ser muy creativo en lo que voy a decir pero es increíble lo lento que pasa una hora en un consultorio médico y lo rápido que se van cuatro meses. De pronto me fui a dormir un 21 de diciembre con una nota sobre Serrat y me desperté en abril con el pescado sin vender. Increíble.

Y no voy a venir con el cuento de que no se me ocurría nada, o de que sentía la necesidad de tomarme un tiempo. Para nada: ni ganas ni ideas faltaron... hubo ausencia de tiempo. Hubo irme de la empresa en la que trabajé desde mis diecinueva años y durante ocho temporadas... hubo madrugadas que antes no tenía y una jornada laboral actual de diez horas en una empresa de computación. Y está el proyecto de mi vida junto a mi Mujer, y toda la fuerza que hay que ponerle a eso.

Esta nota viene a ser un llamado para decir a quien quiera leerme que estoy vivo. Que no se me terminaron las palabras y escribo quizá más en carne viva que nunca. No se va a dar seguido: no comulgo con los blogs que hablan demasiado de la vida privada sin ponerle una pisca de imaginación, pero hoy lo necesito... Será porque mañana cumplo cuatro años en la red de redes dándole a la catramina a ver si en una de esas arranca y quiero mirar un poco hacia atrás con ustedes para ver en qué cosas acerté, en qué cosas fallé, ver qué carajo hice en todo este tiempo...

Mi primer blog se llamó Cavilaciones de un Oficinista y mi seudónimo era Coru. Era un blog serio, más político, muy Galeano, poético... el más prolijo, maduro y constante de todos los que hice, pero a la vez el más incompleto: tanto lo había estereotipado, que de pronto se había quedado sin lugar para el humor. para el cambio. De pronto el que lo escribía era otro muy distinto al que iba surgiendo. El del blog era el que yo creía / quería ser, un personaje políticamente comprometido que creía que para ser un buen artista debía forzarse a ser de izquierda... y Yo sin ser un liberal o un conserva tampoco soy un revolucionario.

Con el paso del tiempo, y como una metáfora de mi vida, el oficinista fue escapándose de la oficina y el blog pasó a llamarse Cavilaciones a secas. En mayo del 2006 publiqué la última nota: me había puesto de novio y sentía que ese Coru que ahora firmaba como hoy firmo ya no me representaba. Sin embargo no le cerré la puerta, todavía tengo un poco de nostalgia de ese blog soñador, donde tambièn descubrí mi beta periodística. Me hubiera gustado mucho que trascendiera, que se convirtiese en libro: que me hubieran reconocido por él.

Refresco fue un experimento que hubiera merecido mucha mejor suerte de la que tuvo. Si no llegó más lejos fue por las diferencias insalvables que tuvimos los que lo escribiamos. La idea era sencilla: la realidad de la vida cotidiana a veces necesita ser mejorada con la imaginación para que pueda ser interesante y para que, por consiguiente, pueda ser contada. Con Tango, la otra pata del blog, coincidíamos en que no tiene caso decir "fui a comprar tomates", así a secas, aunque así haya sucedido: es mucho mejor mentir un poco y decir "fui a comprar tomates y cuando llegué el verdulero estaba haciendo pis en la lechuga". Esa era la idea principal.

Fue un blog cosmopolita. Sin ser un exito masivo teníamos lectores de España, Venezuela, Estados Unidos, Uruguay, México; en Argentina nos seguía gente de Rosario, Córdoba, Mendoza. La interacción con ellos se hizo importante... un poco por eso empecé a concebir la idea de que el blog se pareciera cada vez maś a un programa de radio y propuse poner consignas para encaminar un poco los comentarios, para que aportaran y mejoraran la nota. De ahí a hacerse programa de radio hubo un paso.

Desde julio a diciembre de 2006 nos lanzamos a la aventura de transmitir Refresco en una emisora barrial que era tan grasa que el proyecto murió de un ataque cardíaco por arterias tapadas: Las diferencias entre los que escribíamos se hicieron tan notorias que se fue todo a la mierda. Finalmente terminé por pudrirme de Refresco sepan disculpar la expresión. Yo había dejado de sentirme reflejado con ese Noi trasnochado y eternamente adolescente. El mayor error que advierto no es solo el hecho de la falta de madurez para encarar cada escrito sino la triste falla de soñar proyectos antes que concretarlos.

Sin pensarlo, un día me encontré escribiendo en Lalocura el blog de Lalo Mir. Todo empezó de un modo más que extraño: me enfermaba que el tipo no respondiera los mensajes de los lectores. Y un día le escribí diciendo "che loco respondé los mensajes no te hagas el estrella". Y se ve que mucho no le gustó... Al otro día tenía un mail del tipo que me preguntaba quién era y que por qué me parecía mal que no respondiera. Mail va mail viene un día le escribí en referencia a una nota suya sobre los juguetes de antes. No sé por qué le gustó y lo mandó como nota.

Tengo que reconocer que era una nota escrita mirando el futuro con la nuca, como diría Mafalda y suscitó odios y apoyos por igual. Había gente que me acusaba de quáquero y de retrógrado, otra que coincidía. En fin, creo que exageraba un poco mi postura, pero se ve que gustó.... La segunda no me gustó mucho, y a Mir tampoco. Hablaba de esa manía de los medios por generarte culpa por las cosas que comés y si bien tuvo buena repercusión le faltaba alma, por así decir. Después vinieron el Club de la Pelea (laburo conjunto, un placer) y dos notas que me llenaron de orgullo: El Manual del Asador Argentino.

Escribir en el blog de Lalo fue un puente que me permitió descubrir lo lindo que es la respuesta masiva de la gente y gracias al que pude saltar de los blogs anteriores sin quedar en la calle. Durante un tiempo anduve como bola sin manija, con la idea de hacer algo pero sin saber qué. Así nació este singular espacio donde hoy me hallo. El nombre no lo se explicar, aunque tal vez venga de que la idea original era publicar una serie de ideas un poco caprichosas que tengo; teorías volubles y antojadizas que a veces vierto en mi grupo de amigos y que refuerzo con la frase "No me vas a decir que no".

Acá van a encontrar ecos de todas mis voces anteriores. La idea de este blog es también hallar mi propia voz por primera vez desde que escribo: no encasillarme en el humor o en la beta seria, saber equilibrar todos los idiomas con los que puedo hablar. Por fin puedo decir que quiero ser escritor. Les prometo que no me importa la fama sino el hecho de poder ser reconocido por hacer algo bueno que me trascienda el día que yo no esté.

Permiso...

viernes, diciembre 21, 2007

SERRAT

Recuerdo mi adolescencia tratando de imitar ese tartamudeo, ese tono cerrado al hablar estirando como una pregunta la última vocal, y ese conversar de cosas comprometidas, ese temblor demuele almas al cantar, esa sonrisa. Recuerdo unas gaviotas y la palabra “lar”, las camisas amplias y ese titiritero; El pelo largo, la guitarra y el hablar entornando la cabeza. Ese era mi sueño de adolescente, mi modelo, mi espejo, mi ojalá. Soñaba un teatro a localidades llenas y emocionarlos... soñaba... Aunque aquí vale sincerarse: no se por qué hablo en pasado, yo sigo soñando con eso, que va a hacer usted. Lo sigo soñando aunque ese sueño sea cada vez más duermevela. Porque antes que escritor, humorista u hombre de radio mi deseo más íntimo y profundo sigue siendo unir versos y acordes en plan de juglaría: artísticamente, nada me pone más la piel de gallina ni me refleja más que cantar. Aún sigo queriendo ser Joan Manuel Serrat, para ser más claros.

Si, Joan Manuel Serrat, ese tipo mezcla de dueño de bodega que no deja de ser el noi del Poble Sec, el tipo que con su marchamo un poco flamenco y cien por ciento catalá, formó parte de mi vida desde la infancia más niño. Quién sabe si este hombre sabe lo que ha influido en los millones de hogares anónimos donde alguna vez sonó. De niño, en los albores de la nueva democracia y tan poquito después de que mi viejo muriera, mi Vieja lo escuchaba en esos cassettes que surgían como agua por todos lados con las libertades nuevamente libres. Yo a mi modo sabía apreciarlo, aunque lo confundía con Víctor Heredia. Serrat era ese tipo de camisa blanca, y cejas renegridas que cantaba como si fuera el último día y hubiera que lanzarse a disfrutar porque la vida es corta.

Todavía hoy, con mis 26 años a punto de vencer lo sigo escuchando, y me sigue poniendo la piel de gallina de la misma forma. Y admito que lamento tanto, tanto, tanto no haberme dedicado a la música, siempre tengo un lugar para el luto de saber que nunca voy a compartir un escenario con él, que nunca me citarían para cantar en un homenaje a su persona en algún teatro español (y que si lo hicieran quizá no me animaría), que nunca me sacaran una de esas fotos hermosas donde Serrat sale de espaldas y todo el público de frente… que esa vida aparentemente hermosa del juglar solo voy a poder sospecharla, que esa musa un poco prima suya, hace mucho que no me viene a visitar.

¿Qué diablos viene a ser este sentimiento?¿Será un sueño de infancia que perdura caprichosamente como una astilla?¿Por qué cada vez que lo escucho a Serrat en un recital, se me llenan los ojos de lágrimas cuando pienso que no estoy ahí, en el proscenio? Y no hablo de fama, hablo de estar ahí, de la emoción de ver mi canción pariendo más viva que antes nunca en la fertilidad de cada boca, hablo del telón y las bambalinas; de recital, de ovación, de hacer el bien así tan sencilla y cotidianamente, nada más.

Con el tiempo fui resignándome a mi propia imposibilidad de concentrarme en algo, esta tristeza es hija de todas las cosas que empecé y nunca terminé. Y eso que, si hay algo solidario en mi vida han sido las puertas y las ventanas. Pero no supe o no quise. Hoy ya es tarde.

Recuerdo la primera vez que oí Pueblo Blanco, fue en un recital en vivo al que asistí en el gran Rex, me acuerdo el frío por la piel, la emoción en la garganta, la muda sorpresa, el absorver cada segundo y cada detalle de esa puesta en escena, el sentir cada verso tan increíblemente vivo y tocándome el alma con la yema de los dedos, la emoción de saber que yo también quería hacer algo tan majestuosamente hermoso.

Si algún adolescente con inquietudes similares está leyendo esta nota cuasi póstuma, le pido que no deje pasar los años como si nada pasara, la juventud es peligrosa más por lo calladamente que se va, que por los excesos que pueda albergar. No lo digo por sentirme viejo, muy al contrario, pero es necesario ser muy conciente de qué sueños uno quiere cumplir y cuales no; que hay cosas que quizá nunca se puedan realizar y que eso va a doler mucho, muchísimo. Pero, y atenti con esto, por favor: es peor el dolor cuando ni siquiera se intenta llevarlas a cabo. Nos han enseñado a no luchar, a que las cosas vienen siempre de arriba, como si los logros personales dependieran del ánimo del dueño del maná. Y eso no es así, (y ahora te hablo directamente, en primera persona) porque ya estamos en confianza: las cosas que valen la pena hay que pelearlas, perseguirlas, defenderlas. Jamás vendrán a buscarte para caminar si te ven siempre sentado, o mejor: nunca nadie te va a responder si estas siempre callado, porque como dice el maestro Atahualpa Yupanqui: no debe quedarse callado el que quiera ser Feliz.

Permiso

El Noi

viernes, noviembre 02, 2007

Vida de Héctor Martínez Berutti, el mago del carácter

En esta época de super estrellas de consumo masivo e hipermediáticas, de películas con presupuestos de Estados y súper efectos especiales, nos es grato recordar la figura de Héctor Martínez Berutti, “El Mago del Carácter”.

Nació en 1910, en el seno de una familia italiana de botelleros afincados en Mataderos. Tuvo una infancia muy dura, tal como pareciera marcar cierta regla del artista. Fue el vigésimo quinto hijo de los Berutti, fruto de un embarazo no buscado, como sus veinticuatro hermanos anteriores. De hecho vivió, según sus propias palabras, siempre confundido con algún otro hermano: sus padres insistían en llamarlo “Goyo”, “Luis”, “Marcos”, “Mirna”, o “Esther”. Muchas veces incluso recibió castigos que no estaban destinados a él, como cuando fue acusado de manchar las sábanas con la menstruación, sin ir más lejos. Sin embargo, antes que todo lo anterior, dolido dirá que su verdadero tormento fue la insistencia de su abuela en llamarlo “este chico” y la posterior pregunta: “¿quién es?”.

Podría sospecharse cierta piedad en la pluma de Dios al dictar que, a sus ocho años, Héctor se perdiera en una plaza, un domingo de enero. Nadie lo buscó: ya no solo era un embarazo no buscado, ahora también era un niño no buscado. No deja de ser importante destacar aquí la reflexión de Ceferino Martín y Martín, comentarista de cine: “es llamativa la parábola psicológica que la vida le impuso: siendo un niño perdido, se dedicó al noble oficio de la actuación, que es siempre una búsqueda”. Así,nuestro actor terminó con su suplicio... y empezó otro, al entrar en el circo de los afamados payasos Romeu y Carles Salvat, (llamado “El payaso de la ostia”, porque era cura, y por su costumbre de golpear a la gente).

En el circo, Martínez Berutti aprendió con sangre el arte de los saltimbanquis y los equilibristas, un poco por el mal carácter de Carles, que lo azotaba regularmente, y otro poco por las caídas: de hecho, en uno de sus accidentes más graves, adquirió la extraña destreza de tocar el nudillo de su meñique con la yema de su pulgar.

A los 17 años, dejó la vida circense (“ese infierno”, según su decir) para ingresar en el conservatorio. Tan maltratado por la vida ni soñó que, con ese decisivo paso, estaba ingresando por la puerta grande del éxito y el reconocimiento como actor. Quizá porque el conservatorio era de música o quizá porque la puerta del mismo era demasiado pequeña.

Rubio, alto, con estampa de galán, una tarde cruzóse con Eraclio Puffi, famoso productor de cine de la época (conocido como “El ojo”, porque era tuerto). Sin embargo las promesas de trabajo no prosperaron y los primeros años en el mundo del cine le depararon vacuos desempeños como extra y extensas hambrunas. Así, se lo puede ver en fugaces intervenciones como “estatua” y como “farol”. Recién después de mucho pelear obtuvo su primer papel animado y su primer bolo: hizo de perro y hacia el final del largometraje le tocaba decir “guau”.

Tanto sufrimiento, habría de tener su recompensa: a los 26 años, en una película que hacía de mozo de bar, el director Severo de Ochoa se encontró en la difícil situación d reemplazar al viejo actor Nildo Ferrer, que había fallecido en pleno rodaje. Allí Berutti vio la oportunidad y habló con el director hasta hacerse con el papel.

El resultado fue impactante: con toda su juventud, consiguió componer a un anciano tan creíble que el mismo director se refería a él como “a ver, abuelo” a la hora de indicarle algo y hasta le cedía el asiento de dirección, si lo hallaba cansado. Por este papel ganó el premio “Corpacho de Fierro”, aunque alguien tuvo que retirarlo por él ya que, al verlo tan joven, los organizadores no lo dejaron pasar.

De estas formas nuestro actor empezó a hacerse un nombre en el mundo del cine, ese nombre que su familia le birlaba en su niñez, con la terrible daga de la indiferencia. Es lícito, entonces, señalar que, siendo de niño siempre confundido con un tercero, buscó la fama para ser reconocido en su identidad. Muy a su pesar, sin embargo (y a pesar de ser una celebridad) jamás el populacho reconoció su rostro. Porque claro, lo que lo hizo célebre fue su capacidad para parecer otro, nunca la combinación de sus rasgos propios. Para colmo de males: era muy parecido a Luis Federico Leloir y todo el mundo lo confundía con el prestigioso científico.

II Su vida privada

Martínez Berutti estuvo casado tres veces. En dos ocasiones con la misma mujer, Elida Fiorio, quien -hasta la muerte del actor- jamás supo que estuvo dos veces con él: en el primer enlace lo conoció como rubio, alto y buen mozo y en el segundo como un estrambótico magnate griego. No tuvieron hijos y las ocasiones de divorcio fueron las dos veces la misma: Galotta simulaba ser otro para ver si su mujer le era fiel, pudiendo en ambas ocasiones confirmar sus sospechas.

Durante años tuvo amoríos complejos con muchas mujeres a la vez, siempre con su costumbre de hacerse pasar por otro. Por esto no se puede saber a ciencia cierta el número de amantes que tuvo: porque es más que probable que ni ellas supiesen que estaban con el actor. Esto impide, además, que se conozca la real cifra de la descendencia de este camaleón de las tablas.

El Amor de su vida fue la rusa Isvenia Clorovetkaia. El matrimonio fue una matriz infernal marcada por la inseguridad y desconfianza de Héctor que, pasados los años, había tornado enfermizos sus celos. Así es que se le solía aparecer a la pobre mujer en todos lados disfrazado de otro para ver si lo engañaba. En el momento de la charla en que él creía q la fidelidad de Isvenia podía flaquear, revelaba su verdadera identidad a los gritos. Fueron veinte años de martirio según palabras de la mujer, que terminó sus días en un instituto creyendo ver a su marido en cada persona que le hablaba.

Con esta última esposa tuvo cinco hijos con quienes casi no se habló hasta entrada su vejez: los nietos fueron un puente que volvió a unirlos, aunque con cada uno se mostraba con una apariencia distinta.


III La carrera

A pesar de que podamos tildar de ruinosas su vida privada y su personalidad, debemos apelar a Marcel Proust que sabiamente recomendó separar el yo cotidiano del yo creativo del artista. Por eso es necesario olvidarnos del hombre para poder apreciar la verdadera dimensión de este artista notable.

Entre sus papeles más recordados podemos citar cuando a sus 27 años hizo de Sarmiento moribundo en la película “¿Qué próceres llevaban los billetes de antes?”; su doble interpretación a los 35 en el drama “La voz de la libertad es un clamor de cadenas rotas” donde hizo de un pigmeo africano de mediana edad y de un explorador inglés a punto de jubilarse; su sobresaliente performance cuando, con 70 años, hizo de adolescente en la tira diaria “Wow, tengo 15” y esa especie de final del juego ya pasados los ochenta, con “Yo nunca tuve triciclo” (una película que muchos tildan autobiográfica), donde se dio el gusto de dirigir y actuar: no es casual que el personaje que se reservara fuera el de niño protagonista.

Aquí llegamos al punto de inflexión que vuelve notable su carrera: acorde fue envejeciendo, sus papeles siguieron el camino inverso. Así, en 2000 (cuando se lo creía retirado y a sus 90 años), Héctor hizo de bebé en el filme “Los amaneceres son un atardecer al revés”, papel que le valió el premio William, y que fue a retirar -graciosamente- en un carrito tirado por su nieta.

La muerte, según Manrique, es el mar al que va a desembocar el río de nuestra vida. En el caso de Martínez Berutti que, quizá como ningún otro actor supo tener muchas vidas y por ende muchos ríos, el morir vino a ser estuario donde se unieron todos los cursos de su existencia, esas aguas donde se mezclaron la realidad y la ficción fundiéndose en un solo espejo. Por eso, él, que acorde fue envejeciendo fue rejuveneciendo sus caracteres, encontró la muerte una tarde de marzo de 2005, enfermo de falso crup, según testimonio de un médico pediatra. Aunque viendo su facilidad (y manía) de contaminar con su trabajo su vida personal, también deberíamos dudar de su muerte.

miércoles, octubre 03, 2007

Otra de El Diestro

“Cuando las mujeres lleguen al poder será terrible, porque llegará la cuarta guerra mundial” disparó el Diestro con total frialdad, casi al descuido, desinteresadamente, pero con esa malicia tan sui generis. Me la vi venir enseguida, por ese tono sentencioso, fatal como el sonido del cascabel que precede a la aparición de la víbora. Aparte, me di cuenta que deliberadamente había dicho “cuarta guerra” tratando de revivir una vieja polémica que habíamos tenido, pero me cuidé de pasarlo por alto.

-Bueno, no es que sea feminista ni pollerudo, pero bien sabrás que bajo el gobierno de los hombres, ha habido matanzas , hambre, desmanejos gravísimos, guerras mundiales, no veo la diferencia

-Es distinto Noi, eso es una cuestión del poder que, como una espada de Damocles pende sobre la cabeza del hombre. Es una cuestión de factores financieros, presiones políticas y lobbys de toda índole, que golpean sobre el hombre gobernante. En el caso de la mujer es distinto, si llegaran al poder sería desastroso.

Le pregunté por qué, como siempre: solo por curiosidad

-Porque en el caso de la mujer, las presiones le vienen desde dentro y no son ya factores económicos ni políticos, sino sombras de su yo que la conminan a ser así

-¿Estás diciendo que las mujeres estarían locas?

-No, locas no, pero acordate que una vez por mes les viene la menstruación...

-Eso es una boludez- le respondí al tiempo que levantaba la mano y la tiraba hacia atrás como si arrojara algo.

-Cree lo que quieras, pero acordate de lo que te estoy diciendo: la mujer no podrá nunca ejercer el poder sin caer vencida por ella misma.

Otra vez el delirio, pero lo peor de todo es que este tipo salta con cosas tan inverosímiles que su propio atractivo reside justamente en como tiñe de verosimilitud las ideas más absurdas.

-Mirá es sencillísimo, como te decía antes: el hombre falla en el poder por cuestiones externas a su yo interior, en cambio la mujer fallaría justamente por su orgánica, por su naturaleza...-hizo un ademán y siguió:

-Imaginate un mundo hipotético donde todos los cargos formales de gobierno y management estuvieran en manos de las mujeres. Pero ojo, no como ahora que cuando llegan al poder se masculinizan, sino un mundo donde las mujeres que gobiernan no dejan de ser mujeres.... Un mundo donde el hombre ni siquiera esté al mando de la casa, sino relegado a segundos cargos en las oficinas y en las porterías de edificios (porque la mujer cuando llegue al mando ni siquiera relegará el control del hogar) ¿Me seguís?

-Sí, loco, dale, dale

-Ah, como ví que tenías los ojos cerrados...- Ni siquiera me molesté en excusarme, se muy bien que mientras le presten atención, al Diestro no le importa nada más. Continuó:

-Bueno imaginate entonces que hay un conflicto entre Francia e Islandia. Ambas presidentas se han reunido varias veces siempre tratando de ir vestidas una mejor que la otra. Y no solo ellas, sino las secretarias, las ministras... Agregale a todo esto que en el lugar donde siempre se reúnen hay un edecán, un hombre, y para colmo fachero.

Asentí con la cabeza al ver su pausa.

-Bueno la cuestión es que ambas creen que la otra está mejor vestida. Hay como un odio subterráneo entre las dos ( porque acordate lo competitivas que son), que sin embargo se pierde entre todo el ceremonial. Así están las cosas hasta que una mañana a la presidenta de Francia le viene la regla.

Tomó un poco de cerveza y continuó:

-Para colmo de males, viene una secretaria (porque jamás habrá asesoras en un mundo de poder femenino) y le muestra un cable donde consta una declaración de la presidenta islandesa diciendo algo que a Madame Le Président no le gusta. La secretaria también está menstruando, es más: todas las mujeres del palacio de gobierno están igual (porque viste como es eso de que donde viven muchas mujeres juntas el período se le alínea a todas parecido).

Solo por descolocarlo le tiré un chiste guarro:

-Una marea roja, che... ¿me vas a decir que cuando menstruan se vuelven comunistas?-. Me reí solo de verle la cara de fastidio, que jamás sabré si era por el chiste o por haberlo interrumpido

-Lo que te digo es que la presidenta francesa, impulsada por la sensibilidad extrema de su estado, dice “¿ah, sí? Ahí va a ver esa chirusa” y agarra y le tira una bomba atómica a Finlandia. Y de ahí a la cuarta guerra, hay un paso, uno de tacos altos.

Un par de parroquianos se dieron vuelta con cara de sorpresa y evidentes ganas de preguntar, pero no se animaron. Directamente uno fue y puso Crónica a ver si decían algo.

- Pero eso es un delirio Diestro! Vos al final sos del siglo XIX! Vos sabes que en la Constitución de 1853 a la mujer no la dejaban votar justamente por eso... las trataban de incapaces...

-Porque se la veían venir, chabón. Por eso. La mujer es muy sensible, pero muy.¡ Y competitiva!¿ Vos te pensas que el Sistema ahora las acepta porque reconoce sus derechos? No, loco, lo que pasa es que la personalidad y la naturaleza femenina es funcional al Capitalismo. Decime una cosa, pensá: cuál es el valor principal del capitalismo?

-La libertad de mercado- respondí.

-Y según la teoría liberal,¿ como regula el mercado su funcionamiento?

-No sé.- dije solo por romper su método socrático.

Me miró y le brillaban los ojos de impaciencia y algo de codicia, como si estuviera por decirme una verdad revelada:

- El Mercado, Noi, regula su funcionamiento a traves de... La Competencia. La libre competencia entre empresas, capitales, productos... ¿Y las mujeres que son? Competitivas, competitivas al mango, chabón. Están siempre pendientes de su imagen del que dirán,de no meter la pata... Pero no es por culpa de ellas, mucho tiene la sociedad que no les perdona un error. Mirá te doy un ejemplo: a un hombre orinando en la vía pública, atrás de un árbol nadie le dice nada, es más hasta lo justifican. En cambio una mujer orinando en la vía pública recibe el escarnio de sus congéneres, la condena lisa y llana. Te digo más creo que Alfonsina Storni no se quiso suicidar en el mar, sino que como tenía muchas ganas de hacer pis y no había ningún baño cerca, se metió al agua para que ninguna la viera orinando en la arena y se la terminó llevando el agua...

Juro que esa última teoría me agarró de improviso. Fue como si alguien me tirara un vaso de agua fría a la cara. No lo pude tolerar, tenía mucho trabajo atrasado y mi tiempo libre no quería gastarlo escuchando ese disparate. Así que me levanté, dejé cinco pesos para pagar la cerveza y me las tomé sin decir ni chau.

Entonces, cuando estaba por salir del bar, escuché su voz otra vez que decía:

-Sí si, vos andate, pero pensalo y vas a ver que tiene su lógica.

miércoles, septiembre 12, 2007

La Guerra del Perro... Capìtulo 3

“Siempre me atrajo la hoja en blanco

Igual que los atardeceres y las ventanas”

Rulfo se quedó mirando los versos que flotaban en la hoja: todo esto del perro lo tenía casi exaltado. De pronto sentía que la musa tuerta y de rimas gastadas que, por las noches de su juventud soplábale versos para las compañeras del partido, había vuelto. Él, quizá con el mismo delirio que le vendía al Quijote una vieja por una Dulcinea del Tobozo, veía cantos sublimes en sus poesías cachuzas y mediocres, más propias de la prosapia de los que se hacen llamar “poetas de Buenos Aires” y se pintan el bigote, que de un verdadero Machado.

En los años de su Juventud, lo que pagaba era caminar por la calle con cara de soñador, con un libro de algún poeta bajo el brazo o leyéndolo. El llevaba siempre un Neruda, Paco Urondo no, porque era Monto y menos que menos Gelman, porque a decir verdad no le entendía un carajo... igual que a Urondo.

Rulfo no era precisamente un combativo; nuestro Hombre era alguien que había recalado en el partido por lo mismo que muchos camaleones como él: había buenas minas. Y él, con su facilidad de palabra, se había aprendido muy bien el discurso, decía lo que quedaba bien, y así encandilaba a las muchachitas nuevas que caían embelesadas por su discurso de Che de Remera. Pero ojo, no solo estaba por el levante, sino también por moda, el discurso de izquierda quedaba bien y “revolución social” era una marca con más pego que Levi’s. Él era uno de esos que abundan en toda época: adhería a esos bellos follajes solamente por el color de las hojas, por eso, ni bien arreció el otoño, hizo mutis por el foro y no vaciló en cambiar de rama.

Esa noche cuando se acostó, recordó a su fitito descapotable, y a Glenda, a Carmen, a Mirna (esa q ahora era diputada) y a cada una de las compañeras del partido que habían pasado por el asiento de atrás de ese coche. Entonces, mirando luego a su perro (que seguía desmayado) y luego a la constelación de hongos del techo de su cuarto, dijo “Venceremos”, y se quedó dormido, dejando al televisor monologando un Manchester City – Old Trafford del día anterior.

Eran las diez de la mañana, cuando volvió a llamar a la señora pidiéndole imperativamente que aceptara a Chicho (Trotskyto). Como Pedro, la señora negó tres veces, solo que en otro horario y dos mil siete años después. A través del tamiz del teléfono, su voz le resultó idéntica a la de su madre y su desprecio, multiplicado por mil. Le dolía ese margen al que la vida lo relegaba siempre, lo torturaba sentir ese desprecio materno manando de cada boca de mujer que había pasado por su vida. Su madre había muerto antes de que él pudiera decirle nada, todas sus tías (inclusive Nené) habían muerto sin regalarle unas palabras de redención, y lo que es peor: sin darle chances de vengarse, y sin herencia. Pero esto no era una cuestión de plata ya, poco importaba la casi diaria interpelación de las acreencias: a través de la vieja, creía poder hacerse de la justicia que su corazón reclamaba.

“Raquel ¿me acompañás mañana a llevar un perro de la calle a su dueña?. Rulfo empezaba a mover sus fichas y esta vieja, prima suya, que vendía La Solidaria en una esquina de Belgrano y que participaba en algo parecido a MAPA, le pareció un peón torre rey.

“Sí, claro” y en la voz se notaba la tácita pregunta “¿por qué hace falta que vaya yo?”

“Mirá Raquel,, ando con una bronca. ¿Sabés? el otro día vi como una señora echaba a la calle a su perrito... lo llevé conmigo para curarlo y ahora la dueña –se cuidó de no decir vieja- no me lo acepta porque dice que no es si perro... ¿Sabés lo que debe ser para el pobre animalito esta situación? Denigrante Raquel, denigrante, ya no se donde vamos a parar. Si viera las fiestas que el perro le hacía a la mujer! ¡el brillo de esos ojitos! Estamos todos locos?No se què hacer... Es la segunda vez que voy, necesito que me acompañes para que recapacite, me insulta, me dice que me va a denunciar, me cierra la puerta en la cara”.

Eso le tocó la moral a la mujer, le extrañaba que su primo (que siempre le había parecido un inmaduro) ahora sintiera tanta desdicha por un perro de la calle... Sin embargo, algo había echo que él también sintiera ese apostolado canil, esa opción por los pobres (animales) y mirando el San Cayetano de plástico sobre la heladera se dijo que lo iba a ayudar

“¿Cómo que te insulta?, le preguntó.

Rulfo interiormente supo que había picado y reforzó su dialéctica con malevolencia: “Me dice que soy un belinun (en realidad me dice más fuerte, pero me da pudor prima) igual que todos los que nos dedicamos a cuidar a los animales... Dice que somos unos inoperantes, que nos interesamos en los animales porque no sabemos ganarnos el afecto de la gente...” Había veneno en esas palabras: Rulfo estaba haciéndole decir a su adversaria las cosas que realmente él pensaba de su prima y que nunca le había dicho. “Yo necesito que me acompañes, pero a hablar con ella, no a llevarle al perrito... No se si pueda aguantarlo pobre animalito, lo tengo en una veterinaria, un dálmata precioso, mirá...

“Dalo por hecho, voy a ir con Araceli, la señora de las polainas”

Total que se pasaron los datos y al día siguiente estaban Rulfo, Raquel, Araceli y una señora con un saco verde tejido con flores rojas, que nadie sabía como se llamaba pero que era de la asociación. “Vos dejanos a nosotras, primo, esta señora quizá se guíe por tu aspecto, pero no ve tu corazón” le dijo mientras tocaba el timbre.

Abrió la puerta la anciana y Raquel, acomodando la carpeta de cartón que siempre llevaba se apresuró a hablar:

“Señora, tenemos que hablar con usted, somos de una asociación de defensa de los animales y un gran amigo nuestro tiene a su perro, pero dice que usted no se lo quiere aceptar”

“No, por Dios, no me diga que el vago ese las mandó, pretendía darme un perro que no era el mío”

“Perdón pero el perro que él tiene es el suyo”

La dueña de casa hizo un ademán de violencia, evidentemente tenía poca paciencia: “No señora, usted no va a venir a decirme lo que vi, decir que esa rata era mi perro, sería como decir que usted es Brigitte Bardott porque cuida animales, no tiene sentido”

“Señora, yo no seré Brigitte Bardott, y entiendo que estaría muy cambiado, pero decir que ese perro no es su perro es tan disparatado como decir que usted es Dante Caputto por los bigotes que tiene”

Estocada terrible. Rulfo escuchaba y se deleitaba, sabía que una discusión entre mujeres una vez empezada no tenía final, podía tener intervalos pero nunca jamás terminaría, ni siquiera con la muerte de una de las partes. La vieja cerró la puerta y volvió con un porta retratos de su perro dálmata...
"Mire, señora, este es Chicho", remarcó lo de Chicho y agregó irónicamente con ampulosos gestos de los brazos: "un dálmata: grande, blanco, con manchas negras y hocico alargado, mmm? El señor me trajo un perro de la calle todo sucio, sarnoso, con las patas chuecas y cortas, con canas en el hocico y y los dientes de abajo salidos para afuera... Dígame usted como se sentiría si se le pierde un ovejero y un idiota se empecina en devolverle un perro salchicha!

La señora de las polainas tratando de intervenir dijo con su acento madrileño:

“Señora, no me va a decir que en su fuero íntimo, en su psicología más interna usted no siente remordimientos”

“No, porque la ociosidad es la madre de todas las psicologías” respondió citando a Nietzche la dueña, y se hizo un silencio, un rato largo.

“Usted se hace la digna señora y seguro que es una puta” sentenció la señora de saquito verde, sorpresivamente, rompiendo la veda. Detrás de sus anteojos culo de botella se adivinaba una mirada de fiereza. Fue como un balde de agua fría, para las otras dos activistas, incluso Rulfo tuvo que hacer esfuerzos para no reirse... Interiormente se restregaba las manos y se volvía a asegurar que esa guerra no tendría Conferencia de Yalta ni Bomba de Hiroshima.

“Miren digan lo que quieran, ratas crueles, pero ese no es mi Chicho”, dijo y le tembló la voz. Cerró dando un portazo. “Váyanse, a la puta que los parió o llamo a la policía”, agregó desde dentro.

“Señora esto no termina acá, usted tiene el DEBER de aceptar a ese pobre animalito de Dios, ya va a tener noticias nuestras, llame a quien llame” dijo Raquel que, sin dejar pasar un minuto empezó a llamar amigas y a gesticular y a sonreír y a levantar los puños. Algo estaba organizando.

Tres horas después, veinte viejas batían pequeños carteles de cartulina y gritaban consignas a favor de la aceptación de Chicho. Rulfo no lo podía creer, era un conato de pullóveres chillones, medias de colores y zapatillas de abrigo. Por momentos temía que el asunto se estuviera yendo de sus manos y se arrepentía de haberla llamado a su prima. “Vos dejame a mí” era toda la respuesta que recibía. Sentía que estaba perdiendo protagonismo, ninguna de las manifestantes le respondían y también creía ver en ellas ese desprecio maternal, incluso en su prima. Aunque ese estar de las cosas también le daba margen de escapar si la cosa se ponía fea... Tenía que hacer algo urgente, la policía había caído dos veces a advertir y era muy probable que volviera a caer... Los vecinos se acercaban y hablaban con Raquel, no con él, y esta era su venganza, la que había soñado tanto tiempo. Un poco contrariado se fue a sentar en un banco de la plaza de enfrente.

Al promediar la tarde, ya había todo una protesta de lo más variopinta, incluso los muchachos de un partido de izquierda de ahí a la vuelta agitaban una bandera del Che y un cartel que decía "Fuera Bush" que se mezclaban con un grabador ignoto que trinaba canciones de Gilda.

“NO PIENSO ACEPTAR AL PERRO VÁYANSE DE MI VEREDA VIEJAS DE MIERDA!!!” , se escuchó gritar desde una de las ventanas y un huevo surcó el espacio aéreo de la protesta, cayendo muy cerca de la señora de verde. Pronto toda una suerte de proyectiles se avalanzó sobre la ventana desde donde parecía venir la voz, incluso un corpiño enorme que quedó colgando de un árbol.

“¡¡¡¡NO TENÉS MADRE, BIGOTUDA!!!!” gritó la masa. Habían pasado ya más de seis horas de protesta y tenía que hacer algo, cada vez más vecinos y curiosos se acercaban ante tanta maroma y hablaban con Raquel. Desde su lugar en la plaza de enfrente a Rulfo todo le parecía una manifestación por el cumpleaños de Sandro, y esa vereda de lo más rancio de Villa Devoto, de pronto era Banfield... Sin embargo Rulfo no era el Gitano, sino un ignoto marido. De pronto, Raquel gritó:

“SI NO ACEPTÁS A TU PERRO ME ENCADENO A ESTE POSTE!!!!”

Rulfo se paró para ver mejor. No supo como aparecieron las cadenas, pero ahí estaban, dos mujeres enroscaron los eslabones al poste. Todas la aplaudían, un rato después volvía la policía intentando desencadenarla y deshacer la protesta, pero las mujeres formaron cuadro. Los chicos del partido de izquierda y una agrupación piquetera que había llegado hacía instantes aprovecharon para tener su octubre rojo, a pesar de que no entendían bien las razones por las que peleaban y se armó una batahola de forcejeos y palazos. Los policías tuvieron que resignarse a formar un cordón alrededor de la manifestación debido al repudio de los vecinos que veían una injusta batalla con reminiscencias a las protestas de los jubilados en los noventa. Cuando se hicieron las siete y media de la tarde varios medios habían caído a la escena.

Pasaron varias horas más, al caer la noche dos fogatas en las esquinas refulgían en los adoquines colorados de la calle. En la plaza de enfrente Rulfo observaba todo con las manos en los bolsillos y gesto de frustración. Era un mero observador, la cosa se había aliviado un poco, la mayoría de la gente se había dispersado, salvo el nucleo duro de la protesta. Alguien habia escrito con aerosol "libertad a Cacho Bonetti, luchador social" en la vereda de la vieja. Seguían cayendo curiosos y un móvil de Crónica documentaba todo.

Entre tanta cosa apareció una mujer de trajecito celeste y medias de red blancas, era Mirna, ex compañera suya en el partido y actual diputada de la ciudad. Era mejor que no lo viera: en su momento él la había dejado por otras dos camaradas que estaban mucho mejor. El banco de la plaza estaba tornándose incómodo y se acomodó un poco; la vio hablar con Raquel airadamente mientras asentía con la cabeza. Su prima lo buscaba con la mirada. Entonces Rulfo se levantó y empezó a caminar hacia el coche, se había olvidado de Trotskyto que había quedado inconciente en el asiento trasero. Cuando estaba a media cuadra se paró para ver todo de lejos, era mejor no encontrarse con Mirna. Se lamentó por como había resultado todo, "era buena plata" se dijo, dio media vuelta y se fue caminado despacio rumbo al Dacia.


Fin

jueves, agosto 09, 2007

La Guerra del Perro (capítulo 2)

“Qué quiere” dijo la mujer, sin ni siquiera esbozar un tono de pregunta más si de desconfianza. Se notaba que formulaba la frase simplemente por trámite, que atrás de esa presunta ignorancia en realidad había una certeza, que se transparentaba en la mirada de desprecio que lo seguía recorriendo de pies a cabeza.

“Tengo a Chicho” anunció acomodándose los pocos pelos que le quedaban e hizo ademán de entregarle a Trotskyto, que estaba aún desmayado.

“Mi perro es un dálmata” dijo la mujer con una mirada filosa entre desconfiada e irónica. Rulfo se dio cuenta que aquello era inapelable, era más fácil hacer pasar a su perro por un cobayo que por un dálmata. Sin embargo prosiguió, pues necesitaba la plata:

-“Escucheme, no puede no aceptar a su perro, por más cambiado que usted lo encuentre”

“¿Cambiado? Ese no es mi perro señor” y le mantuvo la mirada...

“Señora, este es Chicho, no me lo puede negar”

“Cómo no voy a poder! Ese no es mi Chicho, mi perro es un dálmata le dije! ¿A usted le parece que guarda algún parecido este cuzquito con un dálmata? Ni manchas tiene!”. Conciente del imposible pero tozudo Rulfo espetó:

“Señora, no quiero pensar que usted no me acepta a su perro”

“No me importa lo que piense, va a tener que entender igual: mi perro es completamente diferente, le agradezco se haya acercado pero no es” y la mujer hizo ademán de cerrar la puerta. Dispuesto a todo, Rulfo tiró un manotazo de ahogado y otro sobre la puerta -Trotskyto bamboleaba la cabeza-:

“Señora, si usted no me acepta a Chicho, voy a entender que usted esta abandonando a su perro y voy a tener que denunciarla por ello”

La mujer quedó congelada, nunca jamás la habían denunciado por nada, pero más la sorprendia que le saltaran con eso..

“Usted está borracho no?" y como si hiciera falta aclararlo agregó: "yo no puedo abandonar lo que nunca tuve, por favor no me moleste” y cerró la puerta.

“Usted lo que no tiene es corazón!” gritó Rulfo. Desde dentro la mujer le respondió:

“Usted lo que no tiene es vergüenza, váyase o llamo a la policía”

“El que va a llamar a la policía soy yo, usted está haciendo abandono en vía pública de un animal indefenso". Ni bien terminó de decir esas palabras, se sorprendió a si mismo, era un caso perdido y tampoco es que fuera tan necesaria la plata. Pero había algo en él que lo hacía querer seguirla esa situación: esa mujer le recordaba a su madre.

miércoles, agosto 01, 2007

La Guerra del Perro (capítulo 1)

Al Negro Fontanarrosa.

"Será posible que algunos tengan tanto y otros tan poco?", dijo, mientras apuraba un pedazo de bondiola mirando el río y, usando una de las pocas convicciones que le quedaba de cuando militaba en el PC, se indignó vagamente. Rulfo era de esos hombres que de a poco había ido cambiando sus dudosos ideales en el banco por billetes más chicos o por monedas. No era precisamente una mala persona, sino alguien a quién, simplemente, el fin de la historia lo había afectado mucho antes que la caída del Muro de Berlín, era más resentido que rencoroso.

Tenía sesenta y cuatro años y por cierta convicción pariente lejana del anarquismo primero y luego porque -lisa y llanamente- jamás le había preocupado, Rulfo aportó nada a la Caja de Jubilaciones y pasó sus años vendiendo importados en el Once, libros para colorear en el colectivo y, finalmente, manejando taxis ajenos había llegado a su actualidad, viviendo indecentemente pero sin penurias; sin pensar que la vejez era algo que no se podía postergar dejando de pensar en ella.

Por su vida habían pasado tres esposas: la primera una compañera del partido que hoy era diputada de la ciudad, la segunda una artesana de Plaza Francia, ligada a la mafia de los hippies y la tercera una empleada del sindicato de taxis (con la que tuvo un hijo), fallecida al caer en un pozo séptico. Según su madre, Rulfo era un bohemio, pero leyendo entre líneas se adivinaba que el término "bohemio" estaba usado como sinónimo de "sucio". Bastaba una rápida comprobación visual para entender esto: La camisa blanca con el cuello rozado, los mismos jeans medio engrasados, los zapatos deslucidos...

Esos días de Agosto lo encontraban viviendo en un departamento mugriento de Lugano, que le había quedado en herencia de su tercer matrimonio, junto con Trotskito, un perrito negro de patas cortas, medio desforme, disfónico y más feo que no se qué. Tan acostumbrado estaba a su vida, que al volver de sus doce horas de taxista no olía nada en especial, cuando lo salían a recibir un tufo hediondo, hijo de más de veinte años de cigarrillos negros, frituras, mugre, olor corporal y humedad.

Ese día había vuelto medio risueño: aunque a su modo se había vuelto uno más, aún seguía manteniendo ese desprecio hacia la clase media tan característico de la izquierda, que lo hacía mirar sarcásticamente ciertas costumbres burguesas, entre ellas esa grasada de escribir en primera persona los cartelitos de perros perdidos, como si fuera el animal mismo quien hablara.

"Mi nombre es Chicho, tengo 14 años y extraño mucho a mi mamá" retumbaba en su mente. "Vieja ridícula…", decía entre risas, "¡Además, pagar esa cantidad de guita por un perro!"… Rulfo sabía esto, porque mientras almorzaba en un carrito de la Costanera, esa mañana, había llamado preguntando cuanto ofrecían, y una joven desabrilda, a la menor insinuación, había resbalado la cifra.

"Es buena plata" cavilaba mientras cenaba un paty medio grasoso con unas papas fritas. "Si pudiera encontrar ese perro" "Ay ay ay" y miraba fijamente a Trotskyto y masticaba y miraba a Trotskyto que jugaba con un hueso de aquel asado de navidad en el sindicato y agarraba unas papas y miraba a Trotskyto… ¿Y si le llevaba su perro y lo hacía pasar por Chicho? No había foto en los afiches, las deudas le apretaban el gañote y perdido por perdido podía así también deshacerse de ese animal que, si bien quería también le traía remordimientos de su última esposa.

“Hola, buen día” dijo a la mañana siguiente “disculpe que la moleste, pero creo que tengo a Chicho” y no dijo más. Lo atendió la misma muchacha y ni siquiera le preguntó cómo era el perro, solo se limitó a darle la dirección, a un par de cuadras de la plaza Devoto.

Rulfo apuró unos mates y salió con Trotskyto. Ni siquiera lo peinó o lo bañó. Uno podría pensar que eso se debía a una cuidada estrategia para hacer creíble que el perro había estado en la calle, pero no: Rulfo no lo bañaba porque no quería. Te digo más: seguramente si el can hubiera podido sorprenderse, lo hubiera hecho gratamente: hacía casi un año que no veía la calle. En las márgenes de la vereda los esperaba el Dacia cachusiento, primo gemelo del Renault 12, que el hijo de Rulfo había dejado cuando huyó de su casa. El viejo, que se había cagado de risa de Jorge Donn cuando se enteró que su hijo se había ido como monje al medio del Tibet, en realidad no podía reírse mucho porque el Fabián se había enrolado como cocinero en un buque pesquero con bandera del Zaire.

El coche corcoveaba cíclicamente con un rebuzno macartista, estaba vencido para un costado, y como la palanca de cambios estaba jodida en la segunda, iba a no más de veinte. Además se le estaban jodiendo los frenos de tanto usarlo como un karting... Hacía un calor de locos y ni pensar en aire acondicionado, si ni siquiera podía usar la radio: el motor zumbaba hipnóticamente, tapando cualquier sonido, inclusive los de la calle. “Maldito coche” dijo, secándose la transpiración y estacionó en la plaza Devoto, si la vieja lo veía bajar de ese auto quien sabe si le abría la puerta. Quizá como un presagio, tal vez como un aviso, cuando bajó del auto Rulfo pisó mierda de perro.

Continuará...